martes, 27 de enero de 2026

A partir de mañana (José Alberto García Gallo)






A partir de mañana empezaré a vivir la mitad de mi vida

A partir de mañana empezaré a morir la mitad de mi muerte

A partir de mañana empezaré a volver de mi viaje de ida

A partir de mañana empezaré a medir cada golpe de suerte


A partir de mañana empezaré a vivir una vida más sana

Es decir, que mañana empezaré a rodar por mejores caminos

El tabaco mejor y también por qué no, las mejores manzanas

La mejor diversión y en la mesa mejor, el mejor de los vinos


Hasta el día de hoy, solo fui lo que soy, aprendiz de Quijote

He podido luchar y hasta a veces ganar, sin perder el bigote

Ahora debo pensar que no pueden dejar de sonar las campanas

Aunque tenga que hacer, más que hoy y que ayer

A partir de mañana


Si a partir de mañana decidiera vivir la mitad de mi muerte

O a partir de mañana decidiera morir la mitad de mi vida

A partir de mañana debería aceptar, que no soy el más fuerte

Que no tengo valor ni pudor de ocultar mis más hondas heridas


Si a partir de mañana decidiera vivir una vida tranquila

Sin tener que volar, que correr y sufrir, y ser mucho más serio

Todo el mundo mañana me podría decir: Se agotaron tus pilas

Te has quedado sin luz, ya no puedes seguir, ya no tienes misterio


Hasta el día de hoy, solo fui lo que soy, aprendiz de Quijote

He podido luchar y hasta a veces ganar, sin perder el bigote

Ahora debo pensar que no pueden dejar de sonar las campanas

Aunque tenga que hacer, más que hoy y que ayer

A partir de mañana


Cada golpe de suerte empezaré a medir, a partir de mañana

De mi viaje de ida empezaré a volver, a partir de mañana

La mitad de mi muerte empezaré a morir, a partir de mañana

La mitad de mi vida empezaré a vivir a partir de mañana





Ilustración: Peder Severin Krøyer

lunes, 26 de enero de 2026

Callejero (José Alberto García Gallo)






Era callejero por derecho propio;

su filosofía de la libertad

fue ganar la suya, sin atar a otros

y sobre los otros no pasar jamás.


Aunque fue de todos, nunca tuvo dueño

que condicionara su razón de ser.

Libre como el viento era nuestro perro,

nuestro y de la calle que lo vio nacer.


Era un callejero con el sol a cuestas,

fiel a su destino y a su parecer;

sin tener horario para hacer la siesta

ni rendirle cuentas al amanecer.


Era nuestro perro y era la ternura,

esa que perdemos cada día más

y era una metáfora de la aventura

que en el diccionario no se puede hallar.


Digo ""nuestro perro"" porque lo que amamos

lo consideramos nuestra propiedad

y era de los niños y del viejo Pablo

a quien rescataba de su soledad.


Era un callejero y era el personaje

de la puerta abierta en cualquier hogar

y era en nuestro barrio como del paisaje,

el sereno, el cura y todos los demás.


Era el callejero de las cosas bellas

y se fue con ellas cuando se marchó;

se bebió de golpe todas las estrellas,

se quedó dormido y ya no despertó.


Nos dejó el espacio como testamento,

lleno de nostalgia, lleno de emoción.

Vaga su recuerdo por los sentimientos

para derramarlos en esta canción.




Ilustración: Ryan Kasak

domingo, 25 de enero de 2026

La dama del perrito (Anton Chejov)





Un nuevo personaje había aparecido en la localidad: una señora con un perrito. Dmitri Dmitrich Gurov, que por entonces pasaba una temporada en Yalta, empezó a tomar algún interés en los acontecimientos que ocurrían. Sentado en el pabellón de Verney, vio pasearse junto al mar a una señora joven, de pelo rubio y mediana estatura, que llevaba una boina; un perrito blanco de Pomerania corría delante de ella.


Después la volvió a encontrar en los jardines públicos y en la plaza varias veces. Caminaba sola, llevando siempre la misma boina, y siempre con el mismo perrito; nadie sabía quién era y todos la llamaban sencillamente «la señora del perrito».


«Si está aquí sola, sin su marido o amigos, no estaría mal trabar amistad con ella», pensó Gurov.


Aún no había cumplido cuarenta años, pero tenía ya una hija de doce y dos hijos en la escuela. Se había casado joven, cuando era estudiante de segundo año, y por entonces su mujer parecía tener la mitad de edad que él. Era una mujer alta y tiesa, de cejas oscuras, grave y digna, y como ella misma decía, intelectual. Leía mucho, usaba un lenguaje rebuscado, llamaba a su marido no Dmitri, sino Dimitri, y él en secreto la consideraba falta de inteligencia, de ideas limitadas, cursi. Estaba avergonzado de ella y no le gustaba quedarse en su casa. Empezó por serle infiel hacía mucho tiempo -le fue infiel bastante a menudo-, y, probablemente por esta razón, casi siempre hablaba mal de las mujeres; y cuando se tocaba este asunto en su presencia, acostumbraba llamarlas «la raza inferior». Parecía estar tan escarmentado por la amarga experiencia, que le era lícito llamarlas como quisiera, y, sin embargo, no podía pasarse dos días seguidos sin «la raza inferior». En la sociedad de hombres estaba aburrido y no parecía el mismo; con ellos se mostraba frío y poco comunicativo; pero en compañía de mujeres se sentía libre, sabiendo de qué hablarles y cómo comportarse; se encontraba a sus anchas entre ellas aunque estuviese callado. En su aspecto exterior, su carácter y toda su naturaleza, había algo de atractivo que seducía a las mujeres predisponiéndolas en su favor; él sabía esto, y diríase también que alguna fuerza desconocida lo llevaba hacia ellas.


La experiencia, a menudo repetida, la cruda y amarga experiencia, le había enseñado hacía tiempo que con gente decente, especialmente gente de Moscú -siempre lentos e irresolutos para todo-, la intimidad, que al principio diversifica agradablemente la vida y parece una ligera y encantadora aventura, llega a ser inevitablemente un intrincado problema, y con el tiempo la situación se hace insoportable. Pero a cada nuevo encuentro con una mujer interesante, esta experiencia se le olvidaba, sentía ansias de vivir, y todo lo encontraba sencillo y divertido.


Una noche que estaba comiendo en los jardines, la señora de la boina llegó lentamente y se sentó a la mesa de al lado. La expresión de su rostro, su aire, el vestido y el peinado, le indicaron que era una señora, que estaba casada, que se encontraba en Yalta por primera vez y que estaba triste… Las historias inmorales, que se murmuran en sitios como Yalta, son la mayor parte mentira; Gurov las despreciaba, sabiendo que tales historias eran inventos, en su mayor parte, de personas que hubieran pecado tranquilamente, de haber tenido ocasión; pero cuando la señora del perro se sentó a la mesa de al lado, a tres pasos de él, recordó esas historias de conquistas fáciles, de excursiones a las montañas, y el tentador pensamiento de una dulce y ligera aventura amorosa, una novela con una mujer desconocida, cuyo nombre le fuese desconocido también, se apoderó súbitamente de su ánimo.


Llamó cariñosamente al pomeranio, y cuando el perro se acercó a él lo acarició con la mano. El pomeranio gruñó; Gurov volvió a pasarle la mano.


La señora miró hacia él bajando en seguida los ojos.


-No muerde -dijo, y se sonrojó.


-¿Le puedo dar un hueso? -preguntó Gurov; y como ella asintiera con la cabeza, volvió a decir cortésmente-. ¿Hace mucho tiempo que está usted en Yalta?


-Cinco días.


-Yo llevo ya quince aquí.


Un corto silencio siguió a estas palabras.


-El tiempo pasa de prisa, y sin embargo, ¡es tan triste esto! -dijo ella sin mirarlo.


-Es que se ha puesto de moda decir que esto es triste. Cualquier provinciano viviría en Belyov o en Lhidra sin estar triste, y cuando llega aquí exclama en seguida: «¡Qué tristeza! ¡Qué polvo!» ¡Cualquiera diría que viene de Granada!


Ella se echó a reír. Luego, ambos siguieron comiendo en silencio, como extraños; pero después de comer pasearon juntos y pronto empezó entre ellos la conversación ligera y burlona de dos personas que se sienten libres y satisfechas, a quienes no importa ni lo que van a hablar ni hacia dónde han de dirigirse. Pasearon y hablaron de la luz tan rara que había sobre el mar; el agua era de un suave tono malva oscuro y la luna extendía sobre ella una estela dorada. Hablaron del bochorno que hacía después de un día de calor. Gurov le contó que había venido de Moscú, en donde tomó el grado en Artes, pero que era empleado de un banco; que había estado como cantante en una compañía de ópera, abandonándola luego; que poseía dos casas en Moscú…


De ella supo que había sido educada en San Petersburgo, pero vivía en S. desde su matrimonio, hacía dos años, y que todavía pasaría un mes en Yalta, donde se le reuniría tal vez su marido, que también necesitaba unos días de descanso. No estaba muy segura de si su marido tenía un puesto en el Departamento de la Corona o en el Consejo Provincial, y esta misma ignorancia parecía divertirla.


También supo Gurov que se llamaba Ana Sergeyevna.


Más tarde, una vez en su cuarto, pensó en ella; pensó que volvería a encontrársela al día siguiente; sí, necesariamente se encontrarían. Al acostarse recordó lo que ella le contara de sus sueños de colegio: había estado en él hasta hacía poco, estudiando lecciones como una niña. Y Gurov pensó en su propia hija. Recordaba también su desconfianza, la timidez de su sonrisa y sus modales, su manera de hablar a un extraño. Debía ser ésta la primera vez en su vida que se encontraba sola, examinada con curiosidad e interés; la primera vez también que al dirigirse a ella creyó adivinar en las palabras de los demás secretas intenciones… Recordó su cuello esbelto y delicado, sus encantadores ojos grises.


«Algo hay de triste en esta mujer», pensó, y se quedó dormido.



Una semana había pasado desde que hicieron amistad. Era un día de fiesta. Dentro de las casas hacía bochorno, mientras que en la calle el viento formaba remolinos de polvo y tiraba el sombrero a los transeúntes. Era un día de sed, y Gurov entró varias veces en el pabellón y ofreció a Ana Sergeyevna jarabe y agua o un helado. Nadie sabía qué hacer.


Por la tarde, cuando el viento se calmó un poco, salieron a ver venir el vapor. Había muchas personas paseando por el puerto; se habían reunido para recibir a alguien y llevaban ramos de flores. Se notaban allí dos peculiaridades de la gente elegante de Yalta: las señoras mayores iban como muchachas y había muchos generales vestidos de uniforme.


A causa de lo alborotado que estaba el mar, el vapor llegó muy tarde, después de la puesta del sol, y tardó mucho tiempo en atracar al muelle. Ana Sergeyevna miró a través de sus impertinentes al vapor y a los pasajeros como esperando encontrar algún conocido, y al volverse hacia Gurov sus ojos brillaban. Habló mucho y preguntaba cosas desacordes, olvidando al poco rato lo que había preguntado; al hacer un movimiento con la mano dejó caer los impertinentes al suelo.


La gente empezaba a dispersarse; estaba demasiado oscuro para ver las caras de los que pasaban. El viento se había calmado por completo, pero Gurov y Ana Sergeyevna permanecían allí quietos como si esperasen ver salir a alguien más del vapor.


Ella olía en silencio las flores sin mirar a Gurov.


-El tiempo está mejor esta tarde -dijo él-. ¿Dónde vamos ahora?


Ella no contestó.


Entonces Gurov la miró intensamente, rodeó su cuerpo con el brazo y la besó en los labios, mientras respiraba la frescura y fragancia de las flores; luego miró a su alrededor ansiosamente, temiendo que alguien lo hubiese visto.


-Vamos al hotel -dijo él dulcemente. Y ambos caminaron de prisa.


La habitación estaba cerrada y perfumada con la esencia que ella había comprado en el almacén japonés. Gurov miró hacia Ana Sergeyevna y pensó: ¡Cuán distintas personas encuentra uno en este mundo! Del pasado, conservaba recuerdos de mujeres ligeras, de buen fondo algunas, que lo amaban alegremente agradeciéndole la felicidad que él podía darles, por muy breve que fuese; de mujeres, como la suya, que amaban con frases superfluas, afectadas, histéricas, con una expresión que hacía sospechar que no era amor ni pasión, sino algo más significativo; y de dos o tres más, hermosas, frías, en cuyos rostros sorprendió más de una vez destellos de rapacidad, el deseo obstinado de sacar de la vida aún más de lo que ésta podía darles. Eran mujeres irreflexivas, dominantes, faltas de inteligencia y de edad ya madura; cuando Gurov empezaba a mostrarse frío con ellas, esta misma hermosura excitaba su odio, figurándosele que los encajes con que adornaban su ropa eran para él escalas.


Pero en el caso actual sólo había la timidez de la juventud inexperta, un sentimiento parecido al miedo; y todo esto daba a la escena un aspecto de consternación, como si alguien hubiera llamado de repente a la puerta. La actitud de Ana Sergeyevna -«la señora del perrito»- en todo lo sucedido tenía algo de peculiar, de muy grave, como si hubiera sido su caída; así parecía, y resultaba extraño, inapropiado. Su rostro languideció, y lentamente se le soltó el pelo; en esta actitud de abatimiento y meditación se asemejaba a un grabado antiguo: La mujer pecadora.


-Hice mal -dijo-. Ahora usted será el primero en despreciarme.


Sobre la mesa había una sandía. Gurov cortó una tajada y empezó a comérsela sin prisa. Durante cerca de media hora ambos guardaron silencio.


Ana Sergeyevna estaba conmovedora; había en ella la pureza de la mujer sencilla y buena que ha visto poco de la vida.


La luz de la bujía iluminando su rostro mostraba, sin embargo, que se sentía desgraciada.


-¿Cómo es posible que yo llegara a despreciarla? -preguntó Gurov-. No sabe usted lo que dice.


-Dios me perdone -dijo ella; y sus ojos se llenaron de lágrimas-. Es horrible -añadió.


-Parece que necesita usted ser perdonada.


-¿Perdonada? No. Soy una mala mujer; me desprecio a mí misma y no pretendo justificarme. No es a mi marido, es a mí a quien he engañado. Y esto no es de ahora, hace mucho tiempo que me estoy engañando. Mi marido podrá ser bueno y honrado, pero ¡es un lacayo! No sé qué es lo que hace allí ni en lo que trabaja; pero sé que es un lacayo. Yo tenía veinte años cuando me casé con él. He vivido atormentada por un sentimiento de curiosidad; necesitaba algo mejor. Debe de haber otra clase de vida, me decía a mí misma. Sentía ansias de vivir. ¡Vivir! ¡Vivir!… La curiosidad me abrasaba… Usted no me comprende, pero le juro a Dios que llegó un momento en que no pude contenerme; algo fuera de lo corriente debió ocurrirme; le dije a mi marido que estaba mala y me vine aquí… Y aquí he estado vagando de un lado para otro como una loca…, y ahora me veo convertida en una mujer vulgar, despreciable, a quien todos mirarán mal.


Gurov se sintió aburrido casi al escucharla.


Le irritaba el tono ingenuo con que hablaba y aquellos remordimientos tan inoportunos; a no ser por las lágrimas hubiera creído que estaba representado una comedia.


-No la entiendo a usted -dijo dulcemente-. ¿Qué es lo que quiere?


Ella ocultó su rostro en el pecho de él estrechándolo tiernamente.


-Créame, créame usted, se lo suplico. Amo la existencia pura y honrada, odio el pecado. Yo no sé lo que estoy haciendo. La gente suele decir: «El demonio me ha tentado». Yo también pudiera decir que el espíritu del mal me ha engañado.


-¡Chis! ¡Chis!… -murmuró Gurov.


Después la miró fijamente, la besó, hablándole con dulzura y cariño, y poco a poco se fue tranquilizando, volviendo a estar alegre, y acabaron por reírse los dos. Cuando salieron afuera no había un alma a orillas del mar. La ciudad, con sus cipreses, tenía un aspecto mortuorio, y las olas se deshacían ruidosamente al llegar a la orilla; cerca de ella se balanceaba una barca, dentro de la que parpadeaba soñolienta una linterna.


Encontraron un coche y lo tomaron; fueron en dirección de Oreanda.


-Al pasar por el vestíbulo he visto su apellido escrito en la lista: Von Diderits -dijo Gurov-. ¿Su marido de usted es alemán?


-No; creo que su abuelo sí lo era, pero él es ruso ortodoxo.


En Oreanda se sentaron silenciosos en un sitio no lejos de la iglesia y mirando hacia el mar. Yalta apenas era visible a través de la bruma matinal; blancas nubes permanecían quietas en lo alto de las montañas. No se movía una hoja; en los árboles cantaban las cigarras, y sólo llegaba a ellos desde abajo el cavernoso y monótono ruido de las olas hablando de paz, de ese sueño eterno que a todos nos espera. Del mismo modo debía oírse cuando ni Yalta ni Oreanda existían; así se oye ahora, y se oirá con la misma monotonía cuando ya no vivamos. Y en esta constancia, en esta completa indiferencia para la vida y la muerte de cada uno de nosotros, ahí se oculta tal vez la garantía de nuestra eterna salvación, del movimiento incesante de la vida sobre el mundo, del progreso hacia la perfección. Sentado al lado de una mujer joven que en la luz del amanecer parecía tan encantadora, acariciada e idealizada por los mágicos alrededores -el mar, las montañas, las nubes, el cielo azul-, Gurov pensó lo hermoso que es todo en el mundo cuando se refleja en nuestro espíritu: todo, menos lo que pensamos o hacemos cuando olvidamos nuestra dignidad y los altos designios de nuestra existencia.


Un hombre pasó cerca de ellos -un guarda, probablemente-, los miró, y siguió adelante.


Y este detalle les parecía misterioso y lleno de encanto también. Luego vieron un vapor que venía de Teodosia, cuyas luces brillaban confundidas con las del amanecer.


-Hay gotas de rocío sobre la hierba -dijo Ana Sergeyevna después de un silencio.


-Sí. Es hora de volver a casa. Y se volvieron a la ciudad.


Desde entonces volvieron a verse todos los días a las doce; comían juntos, se paseaban, contemplaban el mar. Ella se quejaba de dormir mal, sentía palpitaciones en el corazón; le hacía las mismas preguntas, interrumpidas a veces por celos, otras por el miedo de que Gurov no la respetara bastante. Y a menudo, en los jardines, a orillas del agua, cuando se encontraban solos, él la besaba apasionadamente. Aquella vida reposada, aquellos besos en pleno día mientras miraba alrededor por temor de ser visto, el calor, el olor del mar y el continuo ir y venir de gente desocupada, perfumada, bien vestida, hicieron de Gurov otro hombre. Encontraba a Ana Sergeyevna hermosa, fascinadora, y así se lo repetía a ella. Se volvió impaciente y apasionado hasta el punto de no querer separarse de su lado, y ella, mientras tanto, seguía pensativa y continuamente le decía que no la respetaba bastante, que no la amaba lo más mínimo, y que seguramente pensaría de ella como de una mujer cualquiera. Todos los días a la caída de la tarde se iban en coche fuera de Yalta, a Oreanda o a la cascada, y estos paseos eran siempre un triunfo para ellos; la escena les impresionaba invariablemente como algo magnífico y hermosísimo.


Esperaban al marido, que debía venir pronto; pero un día llegó una carta en la que anunciaba que se encontraba mal y suplicaba a su esposa que volviera cuanto antes. Ana Sergeyevna se preparó, pues, a marcharse.


-Es una buena cosa el que yo me vaya -le dijo a Gurov-. «¡Es el dedo del destino!»


El día de la marcha, Gurov la acompañó en el coche. Cuando llegaron al tren y sonó la segunda campanada, Ana Sergeyevna le dijo:


-¡Déjame mirarte una vez más… otra vez! Así, ya está.


No lloraba, pero en su rostro se reflejaba tal tristeza que parecía enferma, los labios le temblaban.


-Me acordaré de ti siempre…, pensaré siempre en ti -dijo-. Que Dios te proteja; sé feliz. No pienses nunca mal de mí. Nos separamos para no volvernos a ver más; así debe ser, porque nunca debimos habernos encontrado. Que Dios sea contigo, adiós.


El tren partió rápido, sus luces desaparecieron pronto de la vista, y un minuto más tarde no se oía ni el ruido, como si todo hubiera conspirado para hacer terminar lo antes posible aquel dulce delirio, aquella locura. Solo, en el andén, mirando hacia donde el tren desapareció, Gurov escuchó el chirrido de las cigarras, el zumbido de los hilos del telégrafo, y le pareció que acababa de despertarse. Y meditó sobre este episodio de su vida que también tocaba a su fin, y del que sólo el recuerdo quedaba… Se sintió conmovido, triste y con remordimientos. Aquella mujer, que nunca más volvería a encontrar, no fue feliz con él, porque aunque la trató con afecto y cariño, hubo siempre en sus maneras, en sus caricias, una ligera sombra de ironía, la grosera condescendencia de un hombre feliz que, además, le doblaba la edad. Ana Sergeyevna lo llamó siempre bueno, distinto de los demás, sublime a veces…; constantemente se había mostrado a ella como no era en realidad, sin intención la había engañado.


Un vago perfume de otoño se dejaba ya sentir en la atmósfera, hacía una tarde fría y triste.


-Es hora de que me marche al Norte -pensó Gurov al dejar el andén-. ¡Sí, ya es hora!



En su casa de Moscú lo encontró todo en plan de invierno; las estufas estaban encendidas, y por las mañanas aún era oscuro cuando sus hijos tomaban el desayuno para irse al colegio, tanto que la niñera tenía que encender la luz un rato. Habían empezado las heladas. Cuando cae la primera nieve y aparecen los primeros trineos es agradable ver la tierra blanca, los blancos tejados, exhalar el tibio aliento, y la estación trae a la memoria los años juveniles. Las viejas limas y abedules, cubiertos de escarcha, tienen una expresión simpática y están más cerca de nuestro corazón que los cipreses y las palmas. Junto a ellos se olvidan el mar y las montañas.


Gurov había nacido en Moscú; llegó a él en un bello día de nieve, y al ponerse su abrigo de pieles y sus guantes, al pasearse por Petrovka, al oír el domingo por la tarde el sonido de las campanas, olvidó el encanto de su reciente aventura y del sitio que dejara. Poco a poco se absorbió en la vida de Moscú; leía con avidez los periódicos ¡y declaraba que los leía sin fundamento! En seguida sintió un deseo irresistible de ir a los restaurantes, a los clubes, a las comidas, aniversarios y fiestas; se sintió orgulloso de hablar y discutir con célebres abogados, con artistas, de jugar a las cartas con algún profesor en el club de doctores. Ya podía hasta comer un plato de pescado salado o una col…


Al cabo de un mes, le pareció que la imagen de Ana Sergeyevna había de cubrirse de una bruma en su memoria y visitarlo en sueños de cuando en cuando, con una sonrisa, como hacían otras. Pero pasó más de un mes, llegó el verdadero invierno, y recordaba todo aquello tan claramente como si se hubiera separado de Ana Sergeyevna el día antes. Estos recuerdos, lejos de morir, se avivaron con el tiempo. En la tranquilidad de la tarde, al oír las palabras de los niños estudiando en alta voz, el sonido del piano en un restaurante, o el ruido de tormenta que llegaba por la chimenea, volvía de repente todo a su memoria: lo ocurrido en el muelle la mañana de niebla junto a las montañas, el vapor que volvía de Teodosia y los besos. Gurov se levantaba entonces y paseaba por su habitación recordando y sonriendo; luego, sus recuerdos se convertían en ilusiones, y en su fantasía el pasado se mezclaba con el porvenir. Ana Sergeyevna no lo visitaba ya en sueños, lo seguía por todas partes como una sombra, como un fantasma. Al cerrar los ojos la veía como si estuviese viva delante de él, y Gurov la encontraba más encantadora, más joven, más tierna de lo que en realidad era, imaginándosela aún más hermosa de lo que estaba en Yalta. Por la tarde, Ana Sergeyevna lo miraba desde el estante de los libros, desde el hogar de la chimenea; desde cualquier rincón oía su respiración y el roce acariciador de sus faldas. En la calle miraba a todas las mujeres buscando alguna que se pareciese a ella.


Un deseo intenso de comunicar a alguien sus ideas lo atormentaba. Pero en su casa era imposible hablar de su amor, y fuera de ella tampoco tenía a nadie; ni a sus compañeros de oficina ni a ninguno en el banco podía contárselo. ¿De qué iba a hablar entonces? Pero ¿es que había estado enamorado? ¿Hubo algo de poético, de edificante, simplemente de interés en sus relaciones con Ana Sergeyevna? Y todo se le volvía hablar vagamente de amor, de mujer, y nadie sospechaba nada; sólo su esposa fruncía el entrecejo y decía:


-No te va el papel de conquistador, Dimitri.


Una tarde, al volver del club de doctores con un oficial, con el que había estado jugando a las cartas, no se pudo contener y le dijo:


-¡Si supieras la mujer tan fascinadora que conocí en Yalta!


El oficial entró en su trineo, y se iba ya, pero se volvió de pronto exclamando:


-¡Dmitri Dmitrich!


-¿Qué?


-¡Tenías razón esta tarde: el esturión era demasiado fuerte!


Aquellas palabras tan corrientes llenaron a Gurov de indignación, encontrándolas degradantes y groseras. ¡Qué modo tan salvaje de hablar! ¡Qué noches más estúpidas, qué días más faltos de interés! El afán de las cartas, la glotonería, la bebida, el continuo charlar siempre sobre lo mismo. Todas estas cosas absorben la mayor parte del tiempo de muchas personas, la mejor parte de sus fuerzas, y al final de todo eso, ¿qué queda?: una vida servil, acortada, trivial e indigna, de la que no hay medio de salir, como si se estuviera encerrado en un manicomio o una prisión.


Gurov no durmió en toda la noche, tan lleno de indignación estaba. Al día siguiente se levantó con dolor de cabeza. Y a la otra noche volvió a dormir mal; se sentó en la cama, pensando; luego se levantó y empezó a pasearse por la habitación. Estaba harto de sus hijos, del banco, y sin ganas de ir a ningún sitio ni de ver a nadie.


En las vacaciones de diciembre se preparó para un viaje; le dijo a su mujer que iba a San Petersburgo a un asunto de un amigo y se marchó a S. ¿Para qué? Ni él mismo lo sabía. Sentía necesidad de ver a Ana Sergeyevna y de hablarle; a ser posible, arreglar una entrevista con ella.


Llegó a S. por la mañana y tomó el mejor cuarto del hotel; un cuarto con una alfombra gris en el suelo, y un tintero gris de polvo sobre la mesa, adornado con una figura a caballo que tenía el sombrero en la mano. El portero del hotel le informó necesariamente: Von Diderits vivía en una casa de su propiedad en la calle antigua de Gontcharny; no estaba lejos del hotel. Era rico y vivía a lo grande, tenía caballos propios; todo el mundo lo conocía en la ciudad. El portero pronunciaba «Dridirits».


Gurov se encaminó sin prisa a la calle de Gontcharny y encontró la casa. Enfrente de ella se extendía una larga valla gris adornada con clavos.


-Dan ganas de echar a correr al ver este demonio de valla -pensó Gurov, mirando desde allí a las ventanas de la casa y viceversa.


Luego recapacitó: era día de fiesta y probablemente el marido estaría en casa. De todos modos era una falta de tacto entrar en la casa y sorprenderla. Si le mandaba una carta, podía caer en manos del esposo y todo se echaría a perder. Lo mejor de todo era esperar una ocasión, y empezó a pasearse arriba y abajo por la calle esperando esa ocasión. Vio a un mendigo que se acercaba a la verja y a unos perros que salieron a ladrarle; una hora más tarde oyó débil e indistinto el sonido de un piano. Ana Sergeyevna debía tocar probablemente. De repente, se abrió la puerta, y una mujer vieja, acompañada del blanco y familiar pomeranio, salió de la casa. Gurov estuvo a punto de llamar al perro, pero empezó a latirle violentamente el corazón, y en su excitación no pudo recordar el nombre.


Siguió paseándose y midiendo la empalizada gris una y otra vez, y entonces le dio por pensar que Ana Sergeyevna lo había olvidado y se estaba a aquellas horas divirtiendo con otro, lo cual, al fin y al cabo, era natural en una mujer joven, que no tenía otra cosa que mirar desde por la mañana hasta la noche más que aquella condenada valla. Se volvió a su cuarto del hotel y estuvo largo rato sentado en el sofá sin saber qué hacer; luego comió y durmió bastante tiempo.


-¡Qué estúpido! -exclamó al despertarse y mirar por la ventana-. Sin venir a qué, me he quedado dormido y ahora ya es de noche; ¿qué hago?


Se sentó en la cama, que estaba cubierta por una colcha gris como las de los hospitales, y empezó a burlarse de sí mismo; sentía un fastidio terrible.


-¡Al diablo la señora del perro y la dichosa aventura! En buen lío te has metido, Gurov…


Aquella mañana le había llamado la atención un cartel con letras muy grandes. La Geisha iba a ser representada por primera vez. Al recordar esto, se vistió y se marchó al teatro.


-Es posible que ella vaya a la primera representación -pensó.


El teatro estaba lleno. Como en todos los de provincia, había una atmósfera muy pesada, una especie de niebla que flotaba sobre las luces; por las galerías se oía el rumor de la gente; en la primera fila, los pollos elegantes de la localidad estaban de pie mirando a la gente, antes de levantarse el telón. En el palco del gobernador, su hija, adornada con una boa, ocupaba el primer sitio, mientras que él, oculto modestamente detrás de la cortina, sólo dejaba visible las manos. La orquesta empezó a afinar los instrumentos; el telón se levantó.


Seguía entrando gente que iba a ocupar sus sitios, y Gurov los miraba uno a uno con ansia.


Ana Sergeyevna llegó también. Se sentó en la tercera fila y Gurov sintió que su corazón se contraía al mirarla; comprendió entonces claramente que para él no había en todo el mundo ninguna criatura tan querida como aquélla; aquella mujercita sin atractivos de ninguna clase, perdida en la sociedad de provincia, con sus vulgares impertinentes, llenaba toda su vida; era su pena y su alegría, la única felicidad que ambicionaba, y al oír la música de la orquesta y el sonido de los pobres violines provincianos, pensó cuán encantadora era. Pensó, y soñó…


Un hombre joven, con patillas, alto y encorvado, llegó con Ana Sergeyevna y se sentó a su lado; inclinaba la cabeza a cada paso y parecía estar continuamente haciendo reverencias. Debía ser sin duda el esposo, que una vez en Yalta, en una exclamación de amargura llamó ella lacayo; sonreía almibaradamente y en el ojal de la chaqueta llevaba una insignia o distinción que recordaba el número de un criado.


En el primer descanso el marido se salió fuera a fumar y Ana Sergeyevna se quedó sola en su butaca. Gurov se acercó a ella y con voz temblorosa y una sonrisa forzada le dijo:


-Buenas noches.


Al volver la cabeza y encontrarse con él, Ana Sergeyevna se puso intensamente pálida, lo miró otra vez, horrorizada casi, y estrujó el abanico y los impertinentes entre las manos como luchando para no desmayarse. Los dos guardaban silencio. Ella seguía sentada, él de pie, asustado por la confusión que su presencia le produjo, y no atreviéndose a sentarse a su lado.


Los violines y la flauta empezaron a sonar, y de repente Gurov sintió como si de todos los palcos los estuvieran mirando. Ana Sergeyevna se levantó, marchando rápida hacia la puerta; siguió él, y ambos empezaron a andar sin saber adónde iban, a través de pasillos, bajando y subiendo escaleras, viendo desfilar ante sus ojos uniformes escolares, civiles, militares, todos con insignias. Al pasar, veían señoras, abrigos de piel colgados en las perchas, y el aire les traía olor a tabaco viejo. Y Gurov, cuyo corazón latía con violencia, pensó:


«¡Cielos! ¿Para qué habrá aquí esta gente y esa orquesta?»


Y recordó en aquel instante cuando, después de marcharse Ana Sergeyevna de Yalta, creyó él que todo había terminado y que no volverían a encontrarse más. Pero ¡cuán lejos estaban del final!


Al pie de una escalera estrecha y sombría, sobre la que se leía: «Paso al anfiteatro», se pararon.


-¡Cómo me has asustado! -exclamó ella sin respiración casi, todavía pálida y como agobiada-. ¡Oh, cómo me has asustado! Estoy medio muerta. ¿Por qué has venido? ¿Por qué?…


-Pero escúchame, Ana, escúchame… -repetía Gurov rápidamente y en voz baja-. Te suplico que me escuches…


Ella lo miraba con temor mezclado de amor y de súplica; lo miraba intensamente como si quisiera grabar sus facciones más profundamente en su memoria.


-¡Soy tan desgraciada! -siguió diciendo sin escucharle-. No he hecho más que pensar en ti todo el tiempo; no vivo más que para eso. Y, sin embargo, necesitaba olvidar, olvidar; pero ¿por qué?, ¡ah!, ¿por qué has venido?…


En el piso de arriba dos colegiales fumaban mirando hacia abajo, pero a Gurov no le importaba nada; atrayendo hacia sí a Ana Sergeyevna empezó a besarle la cara, las mejillas y las manos.


-¡Qué estás haciendo, qué estás haciendo! -gritaba ella con horror apartándolo de sí-. Estamos locos. Vete; vete ahora mismo… Te lo pido por lo que más quieras… Te lo suplico… ¡Que viene gente!


Alguien subía por las escaleras.


-Es preciso que te vayas -siguió diciendo Ana Sergeyevna, y su voz parecía un susurro-. ¿Oyes, Dmitri Dmitrich? Iré a verte a Moscú. Nunca he sido feliz; ahora lo soy menos todavía, ¡y nunca, nunca seré dichosa!… No me hagas sufrir más. Te juro que iré a Moscú. Pero ahora separémonos, mi amado Gurov, no hay más remedio.


Estrechó su mano y empezó a bajar las escaleras muy de prisa volviendo atrás la cabeza; y en sus ojos pudo ver él que realmente era desgraciada. Gurov esperó un poco más, escuchó hasta que dejó de oírse el rumor de sus pasos, y entonces fue a buscar su abrigo v se marchó del teatro.


Y Ana Sergeyevna empezó a ir a verlo a Moscú. Cada dos o tres meses abandonaba S. diciendo a su esposo que iba a consultar a un doctor acerca de un mal interno que sentía. Y el marido le creía y no le creía. En Moscú paraba en el hotel del Bazar Eslavo, y desde allí enviaba a Gurov un mensajero con una gorra encarnada. Gurov la visitaba y nadie en Moscú lo sabía.


Una mañana de invierno se dirigía hacia el hotel a verla (el mensajero llegó la noche anterior). Iba con él su hija, a quien acompañaba al colegio. La nieve caía en grandes copos blancos.


-Hay tres grados sobre cero y, sin embargo, nieva -dijo Gurov a su hija-. Sólo hay deshielo en la superficie de la tierra; a mucha más altura de la atmósfera la temperatura es distinta completamente.


-¿Y por qué no hay tormentas en invierno, papá?


Y le explicó esto también.


Hablaba pensando que iba a verla a «ella», que nadie lo sabía y probablemente no se enterarían nunca. Tenía dos vidas: una franca, abierta, vista y conocida de todo el que quisiera, llena de franqueza relativa y relativa falsedad, una vida igual a la que llevaban sus amigos y conocidos; y otra que se deslizaba en secreto. Y a través de circunstancias extrañas, quizá accidentales, resultaba que cuanto había en él de verdadero valor, de sinceridad, todo lo que formaba el fondo de su corazón estaba oculto a los ojos de los demás; en cambio, cuanto había en él de falso, el estuche en que solía esconderse para ocultar la verdad -como, por ejemplo, su trabajo en el banco, sus discusiones en el club, aquello de la «raza inferior», su asistencia acompañado de su mujer a aniversarios y fiestas-, todo eso lo hacía delante de todo el mundo. Desde entonces juzgó a los otros por sí mismo, no creyendo en lo que veía y pensando siempre que cada hombre vive su verdadera vida en secreto, bajo el manto de la noche. La personalidad queda siempre ignorada, oculta, y tal vez por esta razón el hombre civilizado tiene siempre interés en que sea respetada.


Después de dejar a su hija en el colegio, Gurov se dirigió al Bazar Eslavo. Se quitó abajo el abrigo de pieles, subió las escaleras y llamó a la puerta. Ana Sergeyevna, vestida con su traje gris favorito, exhausta por el viaje y la espera, lo aguardaba desde la noche anterior. Estaba pálida; lo miró sin sonreír, y apenas había entrado se arrojó en sus brazos. Fue su beso lento, prolongado, como si hiciera años que no se veían.


-Y bien, ¿qué tal lo vas pasando allí? -preguntó Gurov-. ¿Qué noticias traes?


-Espera; ahora te contaré…, no puedo hablar.


Y no podía; estaba llorando. Se volvió de espaldas a él llevándose el pañuelo a los ojos.


«La dejaremos llorar. Me sentaré y esperaré», pensó Dmitri; y se sentó en una butaca.


Mientras tanto, llamó al timbre y pidió que le trajeran té. Ana Sergeyevna seguía de espaldas a él mirando por la ventana. Lloraba de emoción, al darse cuenta de lo triste y dura que era la vida para ambos; sólo podían verse en secreto, ocultándose de todo el mundo, como ladrones. Sus vidas estaban destrozadas.


-¡Ven, cállate! -dijo Gurov.


Para él era evidente que aquel amor tardaría mucho en acabarse; que no podía encontrarle fin. Ana Sergeyevna cada vez lo quería más. Lo adoraba y no había que pensar en decirle que aquello se acabaría alguna vez; por otra parte, no lo hubiera creído.


Se levantó a consolarla con alguna palabra de cariño, apoyó las manos en sus hombros y en aquel momento se vio en el espejo.


Empezaba a blanquearle la cabeza. Y le pareció raro haber envejecido tan rápida y tontamente durante los últimos años. Aquellos hombros sobre los que reposaban sus manos eran jóvenes, llenos de vida y calor, temblaban.


Sintió compasión por aquella vida todavía tan joven, tan encantadora, pero probablemente no lejos de marchitarse como la suya. ¿Por qué lo amaba ella tanto? Siempre había parecido a las mujeres distinto de como era en realidad; amaban, no a él mismo, sino al hombre que se habían forjado en su imaginación, a aquel a quien con ansia buscaran toda la vida; y después, al notar su engaño, lo seguían amando lo mismo. Sin embargo, ninguna fue feliz con él. El tiempo pasó, hizo amistad con ellas, vivió con algunas, se separó luego, pero nunca había amado; sería lo que quisiera, pero no era amor.


Y he aquí que ahora, cuando su cabeza empezaba a blanquear, se había realmente enamorado por primera vez en su vida.


Ana Sergeyevna y él se amaban como algo muy próximo y querido, como marido y mujer, como tiernos amigos; habían nacido el uno para el otro y no comprendían por qué ella tenía un esposo y él una esposa. Eran como dos aves de paso obligadas a vivir en jaulas diferentes. Olvidaron el uno y el otro cuanto tenían por qué avergonzarse en el pasado, olvidaron el presente, y sintieron que aquel amor los había cambiado.


Otras veces, en momentos de depresión moral, Gurov se había reconfortado a sí mismo con razonamientos de alguna clase; pero ahora no le preocupaban estas cosas; sentía profunda compasión, necesidad de ser sincero y tierno…


-No llores, querida -le dijo-. Ya has llorado bastante, vamos… Ven y hablaremos un poco, arreglaremos algún plan.


Entonces discutieron sobre la necesidad de evitar tanto secreto, el tener que vivir en ciudades diferentes y verse tan de tarde en tarde. ¿Cómo librarse de aquel intolerable cautiverio?…


-¿Cómo? ¿Cómo? -se preguntaba Gurov con la cabeza entre las manos-. ¿Cómo?…


Y parecía como si dentro de pocos momentos todo fuera a solucionarse y una nueva y espléndida vida empezara para ellos; y ambos veían claramente que aún les quedaba un camino largo, largo que recorrer, y que la parte más complicada y difícil no había hecho más que empezar.





Ilustración: Otto Eerelman

sábado, 24 de enero de 2026

Las cárceles del alma (Lajos Zilahy)


  





Las angustias ·de aquellas sesiones de besos, que provocaban siempre tan dolorosos

latidos de corazón, quedaron suplantadas desde aquella noche por los tiempos del

noviazgo formal. Ya no era necesario temer que, de repente, se abriera la puerta, y Miett no

debía acudir continuamente al cuarto de baño, para borrar las huellas encarnadas de los

apasionados besos en torno de su boca. Podían vivir tranquilos y felices, dedicados

únicamente a su amor, y muy a menudo se quedaban a solas. Las tranquilas horas de la

soledad se llenaban con el ardor de los deseos amorosos, como los racimos que van

madurando y que dejan hervir bajo su tendida piel los misteriosos sabores de la madurez.

Cada músculo de su cuerpo, cada fibra nerviosa, iba llenándose de esta manera, poco a

poco, con la delicia impacientemente esperada de la boda. Estaban sentados juntos

durante horas y horas, sin proferir palabra. Al encontrarse en sociedad, solían mirarse en

secreto y en sus venas circulaba ya el deseo del amor como un dulce veneno.

     Entre tanto, pasaban los días; poco a poco se fundía la nieve en las calles y hacia el

mediodía, los cristales de las ventanas iban calentándose bajo los rayos del sol. En los

                                                                               [21]

portales de las iglesias, aparecían las vendedoras de la flor de nieve y los ramitos

minúsculos de las violetas. La primavera se acercaba a pasos agigantados.

     En un principio, sus jornadas estaban llenas de las visitas que debían hacer a los

parientes. Pedro comprobó sorprendido cuán extenso y elegante era el círculo de los

familiares y amistades de Miett.

     Luego tuvieron que ocuparse de toda clase de compras y de preparar el ajuar de la

muchacha. Con ello, pasó casi imperceptiblemente otro mes.

     Los dos estaban de acuerdo en que no alquilarían otro piso y que continuarían viviendo

con padre.

     Hubieran necesitado aún un armario y un escritorio no muy grande, para que el

mobiliario del cuarto de Pedro resultara completo. Se le asignó aquella habitación que se

encontraba al final del piso y que hasta entonces sólo servía para cuarto de invitados,

separada del cuarto de Miett únicamente por el cuarto de baño. Era el deseo de Miett que

tuvieran los dos dormitorios separados.

     Pedro ya incluso tenía escogidos en una tienda de muebles el armario y el escritorio,

pero la mujer de Varga, que se ocupaba muy atentamente de todos los asuntos de los

jóvenes revisándolo todo, les había propuesto que visitaran primero su casa veraniega en el

Monte de San Gerardo, donde se encontraban almacenados muchísimos muebles que ella

no necesitaba. Miett aceptó la idea de ir allí y ver con Pedro si hallaban algo de su gusto.

     —Tened cuidado, cerrad bien las puertas al salir —recomendoles la de Varga, al

entregarles las llaves de la torre.

     —Decid a la Hilka —les gritó, cuando ya habían salido— que, la semana que viene, yo

misma iré para hacer una pequeña inspección.

     La señora Hilka era la mujer del portero de la torre; el matrimonio vivía en los sótanos

de la casa durante todo el año.

     Hicieron el camino a pie, hasta la otra vertiente del Monte de San Gerardo. Miett

conocía perfectamente el camino que conducía a la villa, aislada en el lomo de la colina,

rodeada tan sólo por unos cuantos cerezos.

     Eran las cuatro de la tarde, y el sol brillaba con intensidad. Tan fuerte sol era casi

excepcional en el mes de marzo, y penetrando sus trajes llegaba hasta sus corazones. La

gleba amarilla era blanda bajo sus pasos, embebida de la luz ligera y cálida del sol. Por

doquier, a todo lo largo de las colinas, en la fresca verdura de la hierba, en los brotes que

iban abriéndose en las ramas de los árboles, la primavera se disponía a desplegar sus

mayores encantos. Arriba, en la cima, se veían unos cuantos manzanos y albaricoqueros en

flor; eran como si llevasen sendas pelucas de color blanco y rosa.

     Por las alturas, la brisa ligera arrastraba consigo el alegre y suave gorjeo de pájaros.

Desde lejos, se oía la trepidación de un tren que en este mismo momento pasó por el

puente de hierro del Danubio, y el ruido que armaba era como si arrastrasen una enorme

cadena. Por encima de Pest, en la parte inferior del horizonte, nadaban lentamente humos

morados.

     —¿Conoces la arveja silvestre? —preguntó Miett.

     Inclinose y su blanca mano desapareció en la verde hierba, en busca de una flor de

tomillo cuyo olor ardiente y fino exhalaba el hechizo más profundo de la primavera. Colocó

la flor en el ojal de Pedro y parecía una minúscula gota de sangre en la americana color

tabaco.

     Cogiéndose del brazo, proseguían el camino, a pasos tan lentos como si les pesara la

felicidad que llevaban en sus corazones.

     Detuviéronse en una curva del camino, dejando posar sus miradas por encima de las

colinas que aparecían pardas y desiertas, pero adornadas milagrosamente por los fulgores

de la tarde primaveral. El botón de cobre de la torre de una casa veraniega brillaba con tan

desbordante alegría como si despidiera largas y finas lanzas de oro en todas direcciones.

     Pasaron junto a una reja. A través de los barrotes pasaba la luz del sol que les cegaba.

Junto al camino, en un estercolero, un trozo de un vaso roto lanzaba reflejos blancos como

si aquel flujo de colores que parecía llenar todo el universo, quisiera salir no sólo del cielo

sino también de la tierra.

     Se cruzaron con un niño que estaba comiendo una naranja. El jugo de la fruta corría

por su mano sucia. El fuerte olor de la naranja abierta se apoderó del aire. Pocos pasos más

adelante, vino a su encuentro el perfume intenso de los jacintos en flor, de un viejo jardín.

En alguna parte debían pintar de bermejo las rejas del recinto, y un fragante olor de

trementina les sofocaba. Olores cálidos y fuertes llenaban el aire en torbellinos por doquier.

     Miett miró al sol, encogiendo sus párpados; luego fijó la mirada en algún punto

invisible del horizonte.

     —Sólo faltan ya diez días para que sea tu mujer —dijo en voz baja.

     Pedro no contestó. La palabra estaba en la punta de su lengua, quería decir algo, pero

Miett acababa de pronunciar aquella frase con tanta ternura como si hubiera hablado su

alma.

     Al subir por la vertiente, Miett inclinose ligeramente sobre un hombro de su novio y se

apoyó en él con todo su peso. Tan dulce carga le parecía ahora ligera a Pedro, y erguíanse

en su interior energías hasta ahora nunca experimentadas que enderezaron sus nervios y

músculos. Sentía su cuerpo ligero y elástico, y fue presa de un irresistible deseo de saltar

de un brinco por aquella alta valla a cuyo lado les conducía ahora su camino.

     Luego, quiso conocer el peso de una piedra grande como una cabeza humana, y tenía

la sensación de que en caso de poderla lanzar, aquella piedra volaría de una cima a otra.

     En el instante siguiente, antes de que Miett pudiera defenderse, la elevó en sus brazos

para llevarla cuesta arriba.

     —Cuidado, tonto, que alguien podría vernos… —susurró Miett, y en el primer instante

de susto, se abrazó fuertemente al cuello de Pedro.

     Mas, a esas horas, nadie pasaba por el lomo de la colina.

     La falda de Miett había subido hasta las rodillas, y sus finas y largas piernas cubiertas

con medias de seda gris, que desembocaban en unos hermosos zapatitos con cinta ancha,

colgaban libremente con sus líneas deliciosas y coquetas de los brazos del muchacho.

     —Suéltame, hombre… —dijo la joven en tono de súplica, mientras se agarraba aún

más, medrosa, a su cuello—. Suéltame, ¿no ves que mi falda se ha subido…? —dijo otra

vez, haciendo vanos esfuerzos para cubrir sus rodillas redondas que lucían con impúdica

osadía por debajo de la falda, dejando entrever, en el ancho de un dedo, la carne rosada de

los muslos.

     Pedro empezaba a jadear del esfuerzo; se detuvo, pues, y, con mucha precaución, puso

a la muchacha en el suelo.

     Miett, liberada de los brazos que la aprisionaban, corrió hacia adelante hasta la torre de

los Varga, y a través de la valla muy baja, gritó a la vieja que estaba trabajando la tierra con

el rastrillo ante la casa:

     —¡Tía Hilka, hemos venido a ver los muebles!

     Su voz tenía una cantinela infantil y melodiosa.

     La vieja dejó el rastrillo, les miró con ojos entreabiertos y abrió la puerta de la valla con

cara de desconfianza.

     —¡Ay, Dios mío, por poco no reconozco a la señorita! —exclamó alegremente al mirarle

la cara a Miett de más cerca.

     Luego, con un sonriente «Buenos días tenga usted», miró a Pedro de los pies a la

cabeza.

     Se detuvieron un minuto en el jardín donde acababan de excavar la tierra para

removerla. El olor tibio y fresco voló hacia ellos como el poderoso y mágico hálito de la

primavera. La tierra yacía en torno suyo en espesas glebas pardas, haciendo brillar sus

capas grasas y despidiendo un olor mojado que lo contenía todo: las hierbas en

germinación, las cebollas de las flores a punto de abrirse, los bosques con sus violetas, las

aguas hinchadas y con febriles torbellinos, las nubecillas que pasan por el cielo cual un

ganado de ovejas, y todo el perfume, la fuerza, la fiebre y la música del viento del mes de

marzo que parecía orquestar todo el firmamento abierto de par en par.

     —¿Han pensado en las llaves? —preguntó la anciana, echando nuevamente mano del

rastrillo y continuando su labor.

     —¡Las traemos! —exclamó Miett, haciéndoselas sonar en su mano—. La señora manda

decirle —volviose hacia Hilka, mientras subía con Pedro la escalera— que, a fines de

semana, ellos vendrán también…

     —Ya les espero con impaciencia —contestó la vieja, mientras su brazo y su talle iban

moviéndose al ritmo del rastrillo. La dulce luz del sol echó a sus pies una larga sombra

morada oscura.

     Al llegar arriba, Miett intentó abrir la puerta de la antesala, mas la llave no quiso dar

vuelta en la cerradura. Levantose sobre las puntas de los pies y apoyó sus hombros

arqueados contra la puerta. Pero tampoco así logró su propósito.

     Pedro la apartó con un gesto cariñoso y con un solo movimiento ligero de su mano dio

vuelta a la llave. Miró de reojo a Miett como quien dice: «¡Ya ves, mujer, esto se hace así!»

     Miett se reía a carcajadas.

     Atravesaron el recibimiento en donde no había nada que ver. Después, entraron en la

primera habitación. Miett se puso a abrir las persianas, como quien conoce bien la casa. La

luz del sol cayó por las ventanas como a través de unas vallas bruscamente rotas,

inundando de golpe la habitación que olía a naftalina y en la que habían dormido muchos

meses el invierno y la oscuridad.

     Los colores naranja y azul de un mantel bordado echaron llama de repente, y los

espejos reían en la luz primaveral.

     Miett dio un vistazo circular e investigador en torno suyo, en la habitación iluminada

por los rayos del sol. Su cara expresaba en estos momentos única y exclusivamente un vivo

interés por los contornos de los muebles amontonados en un rincón. Buscaba el mobiliario

que Elvira les había señalado y descrito.

     Desapareció súbitamente detrás de un armario y llamó desde allí a Pedro:

     —Ven un poco, para apartar este armario…

     Detrás del armario, encontraron, en efecto, la mesa escritorio buscada. Miett escribió

letras ceremoniosas con su dedo en el fino polvo que cubría la superficie barnizada de la

mesa, luego puso el polvo que se había pegado a la punta de su dedo, en la nariz del novio,

con un gesto rápido e inimitable.

     Pedro quiso cogerla por el talle, mas Miett, con un pequeño y alegre grito y un

movimiento ondulatorio del cuerpo, se le escurrió de entre las manos.

     —Ven, busquemos ahora el armario —conminó a Pedro desde la puerta de la

habitación.

    En el cuarto oscuro, flotaba en el aire, más allá del penetrante olor de la naftalina,

algún perfume suave y sensual. Por las ranuras de las persianas, el sol entraba en rayos

oblicuos y cegadores. Se podía oír el ruido minúsculo del barniz que caía de la madera

cálida de los marcos de la ventana que habían abierto sus poros enmohecidos a los rayos

del sol.

    Cerca de la ventana, había un enorme diván, cargado de cojines. Estos cojines oscuros

parecían moverse al verles entrar, cual misteriosos seres cavernícolas, estorbados en su

sueño.

    Sus ojos apenas podían acostumbrarse a estas pardas y cálidas tinieblas. Miett se

acercó a la ventana para abrir las persianas, mas Pedro lo impidió cogiéndole de la mano, y

la arrastró hacia sí.

    Miett nunca había sentido tan salvajes y ardorosos los besos de Pedro. También su

cuerpo quedó bañado de calor, y abrazó con toda su fuerza, con ambos brazos, el cuello del

muchacho. Se entregó a ese beso embriagada y con todas las fibras de sus nervios.

    Pero en el instante siguiente, quiso apartar ya, asustadísima, a Pedro.

    —¡Suéltame! —le dijo irritada, con la cara purpúrea, e intentando arrancarse de los

brazos de su novio.

    Mas Pedro la atrajo otra vez hacia sí y hundió su cara inflamada en el cuello de Miett.

    —¡Eres mía…! ¡Eres mía…! —balbució con voz ahogada, como si se hubiera vuelto loco.

Cada palabra salía de su pecho jadeante, convulsa.

    Miett, en la medida en que pudiera darse cuenta de la situación, experimentó más bien

compasión por Pedro, al verle presa de tan tremenda emoción, y le dijo al oído con dulzura,

como para apaciguarle, pero con un miedo angustioso en su voz, repitiendo

mecánicamente las palabras:

    —¡Pedro…, basta ya…! Basta ya, Pedro… Pedro…

    El susto y la desesperación le impedían casi proferir estas palabras:

    —Pedro, ¡suéltame…! Suéltame, ¿qué estás haciendo…? Por Dios, ¿te has vuelto loco?

    Apretó contra el cuello de Pedro su codo, y gracias a ese movimiento, consiguió zafarse

por un instante.

    Pedro hallábase de rodillas ante ella, en el suelo, e hizo como si se hubiera calmado. Su

voz era aparentemente tranquila, mas con ambas manos, tenía a Miett clavada sobre el

diván.

    Sus cuerpos se tendían hostilmente uno contra el otro.

    —Escúchame, Miett… Dentro de pocos días, serás mi mujer… Ya me perteneces… No

seas tonta, mi dulce pequeña Miett…

    Miett dejó de contestarle. Sus cejas se habían elevado en el arco de la ira, y fijó en el

muchacho una mirada ardiente de miedo.

    Los brazos de Pedro la tenían apresada como si fueran dos ardientes anillos de hierro.

Ya ahogaba su garganta el grito loco de la angustia y el asco, pero en el mismo instante,

cruzó su mente como un relámpago la seguridad de que en este caso, la vieja que estaba

trabajando en el jardín la oiría en seguida. Así, sólo soltó una vocecita maullante y

reprimida. Se daba cuenta de que estaba perdida. Hizo como si se rindiera, dejose caer

hacia atrás, pero en un segundo concentró toda su fuerza. Con un esfuerzo brusco de su

tronco y de sus vértebras, arrojó de sí a Pedro, el cual perdió el equilibrio y fue al suelo en

una caída cómica.

    En el mismo instante, Miett estaba de pie. Con un brinco, refugiose en el rincón

opuesto de la habitación, y buscó protección detrás de una mesa.

    Allí estaba jadeante, mirando de hito a hito a Pedro, inmóvil. Sus trenzas se habían

soltado en la lucha, y un ramo dorado de su cabellera colgaba medio deshecho sobre su

hombro blanco y desnudo. Con ambas manos, intentó sostener encima del pecho su traje

roto.

    Estaba allí, esperando, de pie, y en el silencio que cayó sobre ellos de golpe, se oía el

jadeo de su respiración.

    La habitación se llenaba de una fina polvareda dorada, como si se hubiera vuelto más

clara y diáfana en torno de los jóvenes.

    Pedro levantose lentamente del suelo y sin mirar a la muchacha, salió hacia la otra

habitación. Allí, con unos cuantos movimientos, se ordenó el pelo y la corbata, y bajó al

jardín para pasearse bajo los árboles frutales. Con una mano se agarró al tronco de un

manzano blanqueado con cal, y fijó su mirada en la lejanía en donde el sol declinaba con su

disco color de orín detrás de las nubes blandas e incandescentes.

    Una brisa ligera venía de alguna parte y como si de este viento suave todo hubiera

tomado un tono más oscuro. Poco· a poco, el cerebro de Pedro se descongestionaba, y el

temblor de sus rodillas se calmó. Se separó del manzano y quitó de su palma la cal seca

que se le había pegado. Con pasos lentos, atravesó el jardín y en el extremo del mismo,

sentose en un banco, donde unos cuantos escarabajos huyeron precipitadamente.

    Encendió un cigarrillo y aspiró profundamente el humo hasta los pulmones.

    No llegó a determinar siquiera lo que él mismo sentía en aquellos momentos. Al salir de

la habitación, tenía tanta rabia a Miett que no hubiera vacilado en pegarle. ¿Cómo podía

ser tan tonta?

    Pero una vez debajo de aquel manzano, se evaporó su cólera, y quedó substituida por

una profunda lástima hacia la muchacha.

    Pedro comprendió en qué terrible situación acababa de poner a su novia, y cuán

bestialmente brutal había sido con ella.

    Después, se enfadó consigo mismo. Estaba indeciblemente avergonzado ante Miett de

lo ocurrido y hubiera preferido poder empezar de nuevo toda esta tarde, a partir de aquel

momento en que franquearon la puerta de la torre.

    En alguna parte del valle pasó un tren y su agudo silbido rasgó el silencio. Este sonido

le hizo volver en sí, se estremeció y empezó en él de nuevo todo el circuito de la ira y de la

vergüenza, sin poder detenerse en una fase o en la otra.

    Se puso lentamente en camino hacia la casa. Su corazón latía con cierta inquietud, y

concluyó por no decir nada a Miett, al encontrarla. Entró por la puerta de la casa con un

resentimiento hostil, cuya causa le era desconocida. Adoptó una expresión severa y tomó la

decisión de no pedir perdón, si Miett le recibía groseramente o enfadada, pues con ello

reconocería a las claras que no obró como era debido.

    Miett estaba sentada cerca de la ventana en la primera habitación, en la que no había

luz y que se sumía en la parda oscuridad del atardecer. Dios sabe de dónde, sacó aguja e

hilo y cosía en su blanca blusa un botón que había caído durante la lucha con Pedro.

    Tenía el hilo en la boca, quiso romperlo con los dientes en el preciso instante en que

levantó su mirada hacia Pedro.

    Este movimiento de la boca escondió su sonrisa; movió la cabeza con aire de

desaprobación. Mas, bajo la mirada de Pedro no podía esconder su sonrisa, que en sus ojos

traviesos significaba la más clara revelación de su complicidad.

    Su expresión era pura y tierna, revelaba tal amor radiante que Pedro se acercó a ella, se

sentó a su lado sobre la alfombra calentada por el sol y puso su cabeza, aquella cabeza

cansada de tantos pensamientos caóticos, en el regazo de su novia. Este silencioso gesto

suyo lo expresaba todo: su cruel remordimiento, su arrepentimiento, y ahora no ya la

humillación, sino una humilde sumisión, pues en este momento no sentía hacia la

muchacha más que gratitud inefable y amor.

    Pensó cuán bueno era estar arrodillado así ante ella, vencido, e inclinando su cabeza en

su regazo, tan puro. De cuántas oscuras acusaciones hubiera hecho objeto más tarde a

Miett, de haberse dejado vencer la muchacha; cuántas dudas y cuántos escrúpulos le

hubieran atormentado, pues al fin ella no era más que una débil mujer que el torbellino de

los ardorosos instantes arrastra consigo fácilmente.

    Entretanto, Miett acabó de coser el botón. Con el dedal, golpeó cariñosamente la

cabeza de Pedro que yacía pesadamente en su regazo, como si durmiera:

    —¡Vamos, hombre! ¿No te parece que deberíamos marcharnos?

    Pedro levantó la cabeza y miró largamente a Miett. Ella le dio un pellizco amistoso en la

nariz.

    Cerraron la casa, se despidieron de Hilka y cogiéndose del brazo, se pusieron en camino

para bajar hacia la ciudad.

    Caminando, invadioles un absurdo buen humor. Iban saltando rítmicamente y cantaron

alguna canción alegre. Si veían venir a alguien en sentido opuesto, se interrumpían de

golpe y ponían cara seria, para volver a empezar de nuevo, con una irrefrenada alegría que

les arrastraba sin que pudieran explicarse cómo y por qué.

    El sol se había puesto ya y la noche zumbaba en torno suyo con una música admirable.

Allá abajo, en el valle, la noche primaveral azul pizarra estaba sembrada de las doradas

lucecitas que brillaban en las casas. Arriba, en las alturas, el viento de marzo pasaba

suavemente y murmurando.

    Al llegar, encontraron a padre ante la puerta. La primavera: había logrado sacarle

afuera incluso a él. Los jóvenes se detuvieron para observar al anciano desde lejos.

Conducía a Tomi por la correa, dando pasitos cortos y con cara muy seria explicaba algo al

perrito, como si hablara a un niño. Tomi hacía como si le escuchara, pero cada vez que

pasaba a su lado otro perro, promovía con la rapidez de un relámpago y a la manera de una

tempestad, una disputa canina.

    Aún permaneció en la calle para dar una vueltecita, mientras ellos dos subieron al piso.

    Se detuvieron en el salón oscuro.

    En el comedor, Mili ponía la mesa para la cena. La puerta estaba entreabierta y se oía el

ruido de los cubiertos.

    Pedro se sentó de lado en el brazo del diván, y atrajo hacia sí a Miett. Con gesto

enérgico, tomó su cara entre sus manos, y la apretó contra su pecho.





Ilustración: Lionello Balestrieri

viernes, 23 de enero de 2026

El hombrecito del azulejo (Manuel Mujica Láinez)






Los dos médicos cruzan el zaguán hablando en voz baja. Su juventud puede más que sus barbas y que sus levitas severas, y brilla en sus ojos claros. Uno de ellos, el doctor Ignacio Pirovano, es alto, de facciones resueltamente esculpidas. Apoya una de las manos grandes, robustas, en el hombro del otro, y comenta:


-Esta noche será la crisis.


-Sí -responde el doctor Eduardo Wilde-; hemos hecho cuanto pudimos.


-Veremos mañana. Tiene que pasar esta noche… Hay que esperar…


Y salen en silencio. A sus amigos del club, a sus compañeros de la Facultad, del Lazareto y del Hospital del Alto de San Telmo, les hubiera costado reconocerles, tan serios van, tan ensimismados, porque son dos hombres famosos por su buen humor, que en el primero se expresa con farsas estudiantiles y en el segundo con chisporroteos de ironía mordaz.


Cierran la puerta de calle sin ruido y sus pasos se apagan en la noche. Detrás, en el gran patio que la luna enjalbega, la Muerte aguarda, sentada en el brocal del pozo. Ha oído el comentario y en su calavera flota una mueca que hace las veces de sonrisa. También lo oyó el hombrecito del azulejo.


El hombrecito del azulejo es un ser singular. Nació en Francia, en Desvres, departamento del Paso de Calais, y vino a Buenos Aires por equivocación. Sus manufactureros, los Fourmaintraux, no lo destinaban aquí, pero lo incluyeron por error dentro de uno de los cajones rotulados para la capital argentina, e hizo el viaje, embalado prolijamente el único distinto de los azulejos del lote. Los demás, los que ahora lo acompañan en el zócalo, son azules corno él, con dibujos geométricos estampados cuya tonalidad se deslíe hacia el blanco del centro lechoso, pero ninguno se honra con su diseño: el de un hombrecito azul, barbudo, con calzas antiguas, gorro de duende y un bastón en la mano derecha. Cuando el obrero que ornamentaba el zaguán porteño topó con él, lo dejó aparte, porque su presencia intrusa interrumpía el friso; mas luego le hizo falta un azulejo para completar y lo colocó en un extremo, junto a la historiada cancela que separa zaguán y patio, pensando que nadie lo descubriría. Y el tiempo transcurrió sin que ninguno notara que entre los baldosines había uno, disimulado por la penumbra de la galería, tan diverso. Entraban los lecheros, los pescadores, los vendedores de escobas y plumeros hechos por los indios pampas; depositaban en el suelo sus hondos canastos, y no se percataban del menudo extranjero del zócalo. Otras veces eran las señoronas de visita las que atravesaban el zaguán y tampoco lo veían, ni lo veían las chinas crinudas que pelaban la pava a la puerta aprovechando la hora en que el ama rezaba el rosario en la Iglesia de San Miguel. Hasta que un día la casa se vendió y entre sus nuevos habitantes hubo un niño, quien lo halló de inmediato.


Ese niño, ese Daniel a quien la Muerte atisba ahora desde el brocal, fue en seguida su amigo. Le apasionó el misterio del hombrecito del azulejo, de ese diminuto ser que tiene por dominio un cuadrado con diez centímetros por lado, y que sin duda vive ahí por razones muy extraordinarias y muy secretas. Le dio un nombre. Lo llamó Martinito, en recuerdo del gaucho don Martín que le regaló un petiso cuando estuvieron en la estancia de su tío materno, en Arrecifes, y que se le parece vagamente, pues lleva como él unos largos bigotes caídos y una barba en punta y hasta posee un bastón hecho con una rama de manzano.


-¡Martinito! ¡Martinito!


El niño lo llama al despertarse, y arrastra a la gata gruñona para que lo salude. Martinito es el compañero de su soledad. Daniel se acurruca en el suelo junto a él y le habla durante horas, mientras la sombra teje en el suelo la minuciosa telaraña de la cancela, recortando sus orlas y paneles y sus finos elementos vegetales, con la medialuna del montante donde hay una pequeña lira.


Martinito, agradecido a quien comparte su aislamiento, le escucha desde su silencio azul, mientras las pardas van y vienen, descalzas, por el zaguán y por el patio que en verano huele a jazmines del país y en invierno, sutilmente, al sahumerio encendido en el brasero de la sala.


Pero ahora el niño está enfermo, muy enfermo. Ya lo declararon al salir los doctores de barba rubia. Y la Muerte espera en el brocal.


El hombrecito se asoma desde su escondite y la espía. En el patio lunado, donde las macetas tienen la lividez de los espectros, y los hierros del aljibe se levantan como una extraña fuente inmóvil, la Muerte evoca las litografías del mexicano José Guadalupe Posada, ese que tantas “calaveras, ejemplos y corridos” ilustró durante la dictadura de Porfirio Díaz, pues como en ciertos dibujos macabros del mestizo está vestida como si fuera una gran señora, que por otra parte lo es.


Martinito estudia su traje negro de revuelta cola, con muchos botones y cintas, y la gorra emplumada que un moño de crespón sostiene bajo el maxilar y estudia su cráneo terrible, más pavoroso que el de los mortales porque es la calavera de la propia Muerte y fosforece con verde resplandor. Y ve que la Muerte bosteza.


Ni un rumor se oye en la casa. El ama recomendó a todos que caminaran rozando apenas el suelo, como si fueran ángeles, para no despertar a Daniel, y las pardas se han reunido a rezar quedamente en el otro patio, en tanto que la señora y sus hermanas lloran con los pañuelos apretados sobre los labios, en el cuarto del enfermo, donde algún bicho zumba como si pidiera silencio, alrededor de la única lámpara encendida.


Martinito piensa que el niño, su amigo, va a morir, y le late el frágil corazón de cerámica. Ya nadie acudirá cantando a su escondite del zaguán; nadie le traerá los juguetes nuevos, para mostrárselos y que conversen con él. Quedará solo una vez más, mucho más solo ahora que sabe lo que es la ternura.


La Muerte, entretanto, balancea las piernas magras en el brocal poliédrico de mármol que ornan anclas y delfines. El hombrecito da un paso y abandona su cuadrado refugio. Va hacia el patio, pequeño peregrino azul que atraviesa los hierros de la cancela asombrada, apoyándose en el bastón. Los gatos a quienes trastorna la proximidad de la Muerte, cesan de maullar: es insólita la presencia del personaje que podría dormir en la palma de la mano de un chico; tan insólita como la de la enlutada mujer sin ojos. Allá abajo, en el pozo profundo, la gran tortuga que lo habita adivina que algo extraño sucede en la superficie, y saca la cabeza del caparazón.


La Muerte se hastía entre las enredaderas tenebrosas, mientras aguarda la hora fija en que se descalzará los mitones fúnebres para cumplir su función. Desprende el relojito que cuelga sobre su pecho fláccido y al que una guadaña sirve de minutero, mira la hora y vuelve a bostezar. Entonces advierte a sus pies al enano del azulejo, que se ha quitado el bonete y hace una reverencia de Francia.


-Madame la Mort…


A la Muerte le gusta, súbitamente, que le hablen en francés. Eso la aleja del modesto patio de una casa criolla perfumada con alhucema y benjuí; la aleja de una ciudad donde, a poco que se ande por la calle, es imposible no cruzarse con cuarteadores y con vendedores de empanadas. Porque esta Muerte, la Muerte de Daniel, no es la gran Muerte, como se pensará, la Muerte que las gobierna a todas, sino una de tantas Muertes, una Muerte de barrio, exactamente la Muerte del barrio de San Miguel en Buenos Aires, y al oírse dirigir la palabra en francés, cuando no lo esperaba, y por un caballero tan atildado, ha sentido crecer su jerarquía en el lúgubre escalafón. Es hermoso que la llamen a una así: “Madame la Mort.” Eso la aproxima en el parentesco a otras Muertes mucho más ilustres, que sólo conoce de fama, y que aparecen junto al baldaquino de los reyes agonizantes, reinas ellas mismas de corona y cetro, en el momento en que los embajadores y los príncipes calculan las amarguras y las alegrías de las sucesiones históricas.


-Madame la Mort…


La Muerte se inclina, estira sus falanges y alza a Martinito. Lo deposita, sacudiéndose como un pájaro, en el brocal.


-Al fin -reflexiona la huesuda señora- pasa algo distinto.


Está acostumbrada a que la reciban con espanto. A cada visita suya, los que pueden verla -los gatos, los perros, los ratones- huyen vertiginosamente o enloquecen la cuadra con sus ladridos, sus chillidos y su agorero maullar. Los otros, los moradores del mundo secreto -los personajes pintados en los cuadros, las estatuas de los jardines, las cabezas talladas en los muebles, los espantapájaros, las miniaturas de las porcelanas- fingen no enterarse de su cercanía, pero enmudecen como si imaginaran que así va a desentenderse de ellos y de su permanente conspiración temerosa. Y todo, ¿por qué?, ¿porque alguien va a morir?, ¿y eso? Todos moriremos; también morirá la Muerte.


Pero esta vez no. Esta vez las cosas acontecen en forma desconcertante. El hombrecito está sonriendo en el borde del brocal, y la Muerte no ha observado hasta ahora que nadie le sonriera. Y hay más. El hombrecito sonriente se ha puesto a hablar, a hablar simplemente, naturalmente, sin énfasis, sin citas latinas, sin enrostrarle esto o aquello y, sobre todo, sin lágrimas. Y ¿qué le dice?


La Muerte consulta el reloj. Faltan cuarenta y cinco minutos.


Martinito le dice que comprende que su misión debe ser muy aburrida y que si se lo permite la divertirá, y antes que ella le responda, descontando su respuesta afirmativa, el hombrecito se ha lanzado a referir un complicado cuento que transcurre a mil leguas de allí, allende el mar, en Desvres de Francia. Le explica que ha nacido en Desvres, en casa de los Fourmaintraux, los manufactureros de cerámica. “rue de Poitiers”, y que pudo haber sido de color cobalto, o negro, o carmín oscuro, o amarillo cromo, o verde, u ocre rojo, pero que prefiere este azul de ultramar. ¿No es cierto? N’est-ce pas? Y le confía cómo vino por error a Buenos Aires y, adelantándose a las réplicas, dando unos saltitos graciosos, le describe las gentes que transitan por el zaguán: la parda enamorada del carnicero; el mendigo que guarda una moneda de oro en la media; el boticario que ha inventado un remedio para la calvicie y que, de tanto repetir demostraciones y ensayarlo en sí mismo, perdió el escaso pelo que le quedaba; el mayoral del tranvía de los hermanos Lacroze, que escolta a la señora hasta la puerta, galantemente, “comme un gentilhomme”, y luego desaparece corneteando…


La Muerte ríe con sus huesos bailoteantes y mira el reloj. Faltan treinta y tres minutos.


Martinito se alisa la barba en punta y, como Buenos Aires ya no le brinda tema y no quiere nombrar a Daniel y a la amistad que los une, por razones diplomáticas, vuelve a hablar de Desvres, del bosque trémulo de hadas, de gnomos y de vampiros, que lo circunda, y de la montaña vecina, donde hay bastiones ruinosos y merodean las hechiceras la noche del sábado. Y habla y habla. Sospecha que a esta Muerte parroquial le agradará la alusión a otras Muertes más aparatosas, sus parientas ricas, y le relata lo que sabe de las grandes Muertes que entraron en Desvres a caballo, hace siglos, armadas de pies a cabeza, al son de los curvos cuernos marciales, “bastante diferentes, n’est-ce pas, de la corneta del mayoral del tránguay”, sitiando castillos e incendiando iglesias, con los normandos, con los ingleses, con los borgoñones.


Todo el patio se ha colmado de sangre y de cadáveres revestidos de cotas de malla. Hay desgarradas banderas con leopardos y flores de lis, que cuelgan de la cancela criolla; hay escudos partidos junto al brocal y yelmos rotos junto a las rejas, en el aldeano sopor de Buenos Aires, porque Martinito narra tan bien que no olvida pormenores. Además no está quieto ni un segundo, y al pintar el episodio más truculento introduce una nota imprevista, bufona, que hace reír a la Muerte del barrio de San Miguel, como cuando inventa la anécdota de ese general gordísimo, tan temido por sus soldados, que osó retar a duelo a Madame la Mort de Normandie, y la Muerte aceptó el duelo, y mientras éste se desarrollaba ella produjo un calor tan intenso que obligó a su adversario a despojarse de sus ropas una a una, hasta que los soldados vieron que su jefe era en verdad un individuo flacucho, que se rellenaba de lanas y plumas, como un almohadón enorme, para fingir su corpulencia.


La Muerte ríe como una histérica, aferrada al forjado coronamiento del aljibe.


-Y además… -prosigue el hombrecito del azulejo.


Pero la Muerte lanza un grito tan siniestro que muchos se persignan en la ciudad, figurándose que un ave feroz revolotea entre los campanarios. Ha mirado su reloj de nuevo y ha comprobado que el plazo que el destino estableció para Daniel pasó hace cuatro minutos. De un brinco se para en la mitad del patio, y se desespera. ¡Nunca, nunca había sucedido esto, desde que presta servicios en el barrio de San Miguel! ¿Qué sucederá ahora y cómo rendirá cuentas de su imperdonable distracción? Se revuelve, iracunda, trastornando el emplumado sombrero y el moño, y corre hacia Martinito. Martinito es ágil y ha conseguido, a pesar del riesgo y merced a la ayuda de los delfines de mármol adheridos al brocal, descender al patio, y escapa como un escarabajo veloz hacia su azulejo del zaguán. La Muerte lo persigue y lo alcanza en momentos en que pretende disimularse en la monotonía del zócalo. Y lo descubre, muy orondo, apoyado en el bastón, espejeantes las calzas de caballero antiguo.


-Él se ha salvado -castañetean los dientes amarillos de la Muerte-, pero tú morirás por él.


Se arranca el mitón derecho y desliza la falange sobre el pequeño cuadrado, en el que se diseña una fisura que se va agrandando; la cerámica se quiebra en dos trozos que caen al suelo. La Muerte los recoge, se acerca al aljibe y los arroja en su interior, donde provocan una tos breve al agua quieta y despabilan a la vieja tortuga ermitaña. Luego se va, rabiosa, arrastrando los encajes lúgubres. Aun tiene mucho que hacer y esta noche nadie volverá a burlarse de ella.


Los dos médicos jóvenes regresan por la mañana. En cuanto entran en la habitación de Daniel se percatan del cambio ocurrido. La enfermedad hizo crisis como presumían. El niño abre los ojos, y su madre y sus tías lloran, pero esta vez es de júbilo. El doctor Pirovano y el doctor Wilde se sientan a la cabecera del enfermo. Al rato, las señoras se han contagiado del optimismo que emana de su buen humor. Ambos son ingeniosos, ambos están desprovistos de solemnidad, a pesar de que el primero dicta la cátedra de histología y anatomía patológica y de que el segundo es profesor de medicina legal y toxicología, también en la Facultad de Buenos Aires. Ahora lo único que quieren es que Daniel sonría. Pirovano se acuerda del tiempo no muy lejano en que urdía chascos pintorescos, cuando era secretario del disparatado Club del Esqueleto, en la Farmacia del Cóndor de Oro, y cambiaba los letreros de las puertas, robaba los faroles de las fondas y las linternas de los serenos, echaba municiones en las orejas de los caballos de los lecheros y enseñaba insolencias a los loros. Daniel sonríe por fin y Eduardo Wilde le acaricia la frente, nostálgico, porque ha compartido esa vida de estudiantes felices, que le parece remota, soñada, irreal.


Una semana más tarde, el chico sale al patio. Alza en brazos a la gata gris y se apresura, titubeando todavía, a visitar a su amigo Martinito. Su estupor y su desconsuelo corren por la casa, al advertir la ausencia del hombrecito y que hay un hueco en el lugar del azulejo extraño. Madre y tías, criadas y cocinera, se consultan inútilmente. Nadie sabe nada. Revolucionan las habitaciones, en pos de un indicio, sin hallarlo. Daniel llora sin cesar. Se aproxima al brocal del aljibe, llorando, llorando, y logra encaramarse y asomarse a su interior. Allá dentro todo es una fresca sombra y ni siquiera se distingue a la tortuga, de modo que menos aun se ven los fragmentos del azulejo que en el fondo descansan. Lo único que el pozo le ofrece es su propia imagen, reflejada en un espejo oscuro, la imagen de un niño que llora.


El tiempo camina, remolón, y Daniel no olvida al hombrecito. Un día vienen a la casa dos hombres con baldes, cepillos y escobas. Son los encargados de limpiar el pozo, y como en cada oportunidad en que cumplen su tarea, ese es día de fiesta para las pardas, a quienes deslumbra el ajetreo de los mulatos cantores que, semidesnudos, bajan a la cavidad profunda y se están ahí largo espacio, baldeando y fregando. Los muchachos de la cuadra acuden. Saben que verán a la tortuga, quien sólo entonces aparece por el patio, pesadota, perdida como un anacoreta a quien de pronto trasladaran a un palacio de losas en ajedrez. Y Daniel es el más entusiasmado, pero algo enturbia su alegría, pues hoy no le será dado, como el año anterior, presentar la tortuga a Martinito. En eso cavila hasta que, repentinamente, uno de los hombres grita, desde la hondura, con voz de caverna:


-¡Ahí va algo, abarájenlo!


Y el chico recibe en las manos tendidas el azulejo intacto, con su hombrecito en el medio; intacto, porque si un enano francés estampado en una cerámica puede burlar a la Muerte, es justo que también puedan burlarla las lágrimas de un niño.





Ilustración: Philip Gladstone


jueves, 22 de enero de 2026

El idioma de "Bomarzo" (Jorge Cruz)






En la celebración que la Academia Argentina de Letras dedica

al Día del Idioma, voy a recordar un libro argentino que marca

un punto alto en la trayectoria de la lengua literaria nacional. Me refiero a Bomarzo, de Manuel Mujica Láinez, a medio siglo de su aparición, en junio de 1962. Habían transcurrido cinco años desde la publicación de Invitados en "El Paraíso ", última parte de la serie que integran, además, Los ídolos, La casa y Los viajeros. Esta tetralogía fue

llamada "saga de la sociedad porteña", se publicó a lo largo de la

década del cincuenta y, en mi opinión, considerada en conjunto, es la

obra maestra de su autor. Culmina en ella la corriente porteña que predominó en sus libros anteriores, sobre todo en las biografías de Miguel

Cané (padre), Hilario Ascasubi y Estanislao del Campo. Dicha corriente se expande en el Canto a. Buenos Aires y en Estampas de Buenos Aires, y, con maestria narrativa, en los cuentos de Aquí vivieron y

Misteriosa Buenos Aires. Es verdad que el escenario de Aquí vivieron

es San Isidro, pero es sabido que en esa villa al borde de las barrancas

frente al Río de la Plata, solía veranear la gente acomodada de la ciudad, . de modo que podría decirse que San Isidro era la cara estival de

Buenos Aires. Ámbitos y personajes de esta fracción de la obra de

Mujica Laínez son expresiones de la nostalgia, afectuosa pero veraz,

con que el escritor vio el ocaso de una sociedad -la suya- que conocía

acabadamente y estaba ligada a entrañables memorias de la infancia.

El gran logro de Mujica Lainez fue transformarlas en excelente literatura. A qué obedece el paréntesis de cinco años transcurridos hasta la

aparici6n de Bomarzo? Por un lado, parecería que el autor admitió que

la veta porteña estaba, por el momento, agotada; por otro lado, en ese

lustro -sin olvidar, por cierto, las letras- ejerció la función pública,

convocado -como tantas figuras de la cultura incompatibles con el peronismo por el gobierno de la llamada Revolución Libertadora.

Aceptó el cargo de director general de Relaciones Culturales del Ministerio de 'Relaciones Exteriores. Emprendió viajes y, contemporáneamente, recibió premios y distinciones: fue elegido miembro de la

Academia Argentina de Letras, que no sesionaba desde 1952, cuando

se estableció, por ley, que el Poder Ejecutivo debía intervenir en la designación de los miembros de las academias nacionales. Obtuvo el

Gran Premio de Honor de la SADE, y, por La casa, el segundo Premio

Nacional de Literatura, acompañado por Jorge Luis Borges, que obtuvo el primero. En 1958 renunció a su cargo oficial, pues el gobierno

militar que 10 había designado fue remplazado por el gobierno democrático del Dr. Arturo Frondizi. El mismo año efectuó su primera

visita a Bomarzo, del cual tenía vagas noticias, y, dos años después, la

segunda.

La fascinación del pueblo de la provincia de Viterbo, al norte de

Roma; del castillo del duque jorobado, el romano Pier Francesco Orsini y, sobre todo, del "Parque de los Monstruos", fue acentuándose y

germinando en la mente y la fantasía del escritor. Algo había leído,

con anterioridad, y ante el insólito paisaje resolvió convertirlo en escenario de su próxima novela. Comenzó a leer minuciosamente sobre

el Renacimiento; fue reuniendo información aprovechable, acumulando datos y llenando las páginas de cuadernos que sentaron la base de

sustentación erudita de la naciente Bomarzo. Ninguna de las novelas

posteriores de cimiento histórico tuvo semejante soporte documental.

Su primera novela, Don Galaz de Buenos Aires, había surgido

impregnada de sensualidades modernistas, pero, en los libros siguientes, situados en la vertiente porteña, el lenguaje del autor adquirió el

sello personal característico de toda su obra: prosa cuidada, elaborada

con selecta intención artística, con escasas referencias a lo coloquial.

En el caso de Bomarzo, el narrador, en primera persona, impone el tono idiomático; ese narrador, en la novela, es un vástago de los Orsini,

y, al mismo tiempo, el propio Mujica Láinez, pues, nacido predestinado a la inmortalidad, el duque renacentista revive en el escritor porteño. Orsini Y el escritor .son, por cierto, muy cultos. De ahí que, en Bomarzo, las notas distintivas de su estilo se acrecienten, aplicadas a destacar las luces y las sombras de un período histórico que en Italia alcanzó sus manifestaciones más peculiares. Qué más atrayente para el

escritor de la lejana Argentina que esas opulencias tan diversas de los

modestos lujos criollos: qué más tentador para él que la riqueza pictórica de las cortes italianas, coincidente con su fundamental propensión

a las artes plásticas, a la exaltación de colores y formas, relieves y claroscuros.

Así como lo arquitectónico impone su predominio en la firme

construcción de la trama y en el manejo de sus personajes, el trabajo

de consumado orfebre se aprecia en el tejido idiomático, aunque lejos

ya de las sinestesias de los modernistas, que tanta materia dieron, hace

años, a los adeptos a la estilística. Este cuidado no extraña en un autor

para quien el idioma fue una preocupación temprana. Alguna vez,

adolescente y deslumbrado por las letras francesas, entrevió la posibilidad de ser un escritor de esa lengua, pero al regreso del viaje a Europa, centrado en París, matriz entonces de las artes y las letras, advirtió

que, si deseaba ser escritor, anhelo que se había revelado desde la niñez, debía hacerlo en su propio idioma. Leyó estudiosamente a los

clásicos españoles, escribió artículos sobre personajes de la historia y

la literatura de los Siglos de Oro y los reunió en un libro, el primero,

titulado Glosas castellanas. El autor tenía 26 años.

Mujica Láinez gozaba con los desafíos lingüísticos. En sus versos

de circunstancias, improvisados con facilidad, solía divertirse prodigando rimas insólitas. Pero en la prosa y el verso destinados al libro,

el idioma, siempre culto, siempre vigilado, fluye con armonía, guiado

por esa indefinible virtud que es el buen gusto. No es. la suya una prosa recargada, y, menos aún, proclive a los rebuscamientos. No abusa

de los sinónimos, pero, cuando lo exige la precisión, emplea los

términos exactos. En Bomarzo, los usa cuando se refiere a naves, armas y vestiduras. Veamos, en el Capítulo XI, la partida de las naves

que se aprestan a enfrentar a los musulmanes en Lepanto.

Una a una desfilaron las galeras, las galeazas, las fragatas. Las había

muy bellas, con áureas alegorías en las popas y en las proas, esculpidas como fachadas de palacios. En la de Juan Andrea Doria, servía de

fanal un gran mapamundi de cristal transparente, regalo de su mujer.

Ondulaban en la brisa las banderas que distinguirían las alas diversas

de la flota: para el cuerpo de batalla dirigido por Don Juan, las azules;

para la formación derecha, de Doria, las triangulares, de verde tafetán;

para las de la izquierda, del proveedor general, el veneciano Agostino

Barbarigo, las amarillas; las blancas, para la reserva del marqués de

Santa Cruz; pero en la Real y en las naves capitanas, como la mía, en

lugar de banderolas se izaron a los mástiles delgadas flámulas que

provocaban a los aires.

Entre los virtuosismos que Mujica Láinez exhibe, se destacan las

proposiciones largas, perfectamente articuladas. En las novelas anteriores se hallan muestras de estos primorosos artificios, tan ajenos a la

expresión corriente. Veamos una oración, tomada del Capítulo VIll de

Bomarzo, que se extiende en el libro a lo largo de veinticinco renglones. Aludiendo a las sutilezas y las eruditas citas de los huéspedes que

aloja en el castillo, comenta el duque narrador:

Esa acrobacia permanente me irritaba un poco porque era superior a

mí y a mis conocimientos, a pesar de que mis nuevos amigos invocaban a cada instante mis ensayos liricos, parangonándolos con los de

Petrarca, pero en el fondo la atmósfera de inteligencia y de respeto me

halagaba, y me parecía que con aquellas presencias doctas y petulantes

yo le tributaba a Bomarzo un homenaje que hasta entonces no había

recibido, pues ahora, por primera vez en su historia, quienes departían

en sus salas, en tomo de las rojas chimeneas, o se asomaban, friolentos, arropados con pieles que a veces debía prestarles, a otear el taciturno paisaje invernal que blanqueaba la nieve y azotaba la lluvia, no eran

unos soldados y unos cazadores, vehementes, brutales que golpeaban con

las dagas las mesas para llamar a los criados, y estremecían al castillo con

sus palabrotas, inquietos únicamente por despedazar al jabalí que se asaba

frente al fuego, o por averiguar si les convenía más luchar a las órdenes de

Venecia, de Milán, de Nápoles o del papa, sino unos hombres frágiles,

melindrosos, que se esmeraban por elaborar frases sutiles y complejas,

llenas de perspicacia maligna, y que se enseñaban los unos a los otros

unos papeles escritos con líneas desiguales, negros de borrones y raspaduras, así como los guerreros anteriores, en la época de mi padre y

de mi abuelo, se arremangaban violentamente y se abrían las bragas

para mostrarse los costurones y las huellas de los tajos. '

~ay que reconocer que los incisos insertados en el conjunto no

empanan la comprensión y que el escritor sale triunfador de la prueba.

Las fábulas de los cuentos de Aquí vivieron y los de Misteriosa

Buenos Aires se remontan a épocas pasadas, pero se circunscriben a un

territorio bien delimitado: Buenos Aires y San Isidro. Desde allí se narran hechos que abarcan el proceso histórico argentino desde los tiempos coloniales hasta los umbrales del siglo xx. Las novelas de base

histórica transcurren en tiempos y países lejanos, en épocas bien identificadas; la Edad Media, en Francia; el Renacimiento, en Italia; y los Siglos de Oro, en España y la América colonial. Son períodos de la historia que, de adolescente, aprendió a conocer y admirar, y que revivió al

contemplar sus vestigios en las andanzas por el Viejo y el Nuevo Continente. En Europa estaban los orígenes de la civilización occidental, con

la que se identificaba. En esa tradición buscó los personajes y los escenarios de su obra.

Mientras en las ficciones porteñas el idioma se adecua a la situación de personajes y hechos de trascendencia limitada -una colonia y

luego una nación distantes y casi despobladas-, en las novelas de base

histórica, el lenguaje se aplica a proyectar un mundo más esclarecido,

aunque complejo y abigarrado, con pronunciados claroscuros, heroico

y cruel. El escritor lo ve como un gran escenario o como un vasto friso, y su lenguaje calza no pocas veces el coturno que demandan las

circunstancias. Como el Duque de Bomarzo, también Mujica Láinez

no disimula su "prejuicio decorativo", patente en la prosa.

En tiempos en que el culto a lo popular, convertido a veces en

ideología, suele incurrir en el facilismo de calcar el habla de. un sector

mayoritario del pueblo, para trasladarlo tal cual a la narrativa y a ~a

poesía, es pertinente recordar que una función importe del auténtico escritor es depurar el idioma, enriquecerlo, seleccionarlo, cultivar

la precisión y embellecerlo. Mujica Láinez aspiró a este ideal y Bomarzo es prueba de su maestría. 

 

                                                  (Disertación en la  Academia Argentina de Letras, 2012)




Iluxtración: Lorenzo Lotto


A partir de mañana (José Alberto García Gallo)

A partir de mañana empezaré a vivir la mitad de mi vida A partir de mañana empezaré a morir la mitad de mi muerte A partir de mañana empezar...